Es una opción, no una elección

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Es una opción, no una elección 

por Rodolfo Terragno

 


 

  |  Si gana el oficialismo, el domingo Scioli será Presidente,  Cristina Fernández de Kirchner exhibirá por TV su regocijo  y atronarán en las calles los cánticos de La Cámpora.

  Votar por un candidato sin chances es votar indirectamente por Scioli por la continuidad de un modeloque llegará así a cumplir 16 años.

 

Rodolfo Terragno.

Rodolfo Terragno.

El menú es una lista de platos y el comensal debe elegir uno de ellos. No puede ordenar que le preparen algo que no está en esa lista.

Lo mismo ocurre en toda elección presidencial. Uno está obligado a decidirse por alguno de los candidatos que figuran en el menú político. No puede inventar otro.

La opción es mucho más restringida cuando hay segunda vuelta. O cuando hay, como ahora, la  posibilidad de que un candidato pueda, con sólo 40 por ciento de los votos, ganar en la primera.

En casos como debemos optar por  el plato que más nos guste. O menos nos disguste.

Es, como en los aviones, “pasta o pollo”. Quien  no quiera “pasta” tendrá que optar por el “pollo”. O por el hambre.

Peor aun, en la elecciòn del próximo domingo, el que no diga “pollo” puede terminar comiendo “pasta” a la fuerza.

En efecto, eso es lo que pasaría si el  oficialismo, pese a no tener la mayoría social, tuviera la mayoría electoral necesaria para que no haya segunda vuelta.

Dicho en términos concretos: si 40% de la ciudadanía votara por el Frente de la Victoria,  y 60% se entretuviera eligiendo entre candidatos sin chance (o los repudiara a todos, no votando a ninguno o votando en blanco) ya no habría otra oportunidad de cambio.

El dilema no puede ser más claro:

Quienes están conformes con los gobernantes que tuvimos en los últimos 12 años, y quieran que lleguen a 16, tendrán que votar al Gobernador Daniel Scioli. Lo harán con la esperanza, no completamente infundada, de que el Gobernador se transforme el domingo en Presidente electo.

Quienes quieran poner fin a este proceso, deberán aceptar que elegir libremente no es posible. Según muestran las encuestas, los indecisos deberán optar. Si el domingo Scioli aventajara al Jefe de Gobierno Mauricio Macri en más de 10 puntos, esa noche se escucharía a una regocijada Presidenta Crisitina Kirchner hablándole al país por televisión, y se vería a los jóvenes de La Cámpora recorriendo las calles con sus estandartes y sus cánticos.

Por cierto, hay gente para la cual da lo mismo el naranja que el amarillo. No se pronuncia por ninguno de los dos candidatos. Cree que uno representa el autoritarismo y otro a los factores de poder.

Quienes sienten eso, podrán votar por candidatos sin chance, y acaso lo hagan con la ilusión de que, antes de 2019, haya en el escenario político otros actores, que no tengan las características de los dos que hoy aspiran a recibir, de la actual Jefa del Estado, la banda presidencial el 10 de diciembre.  Hambre para hoy y (acaso) pan para mañana.  Es posible, también, que  aspiren ahora a tener cierta fuerza en un Congreso, donde ningún partido dispondrá de mayoría propia y, por lo tanto, habrá ocasiones en las que unos pocos sean el fiel de la balanza. Si ése es el objetivo, tal vez pudieran votar por sus candidatos a legisladores, no necesariamente por sus simbólicos candidatos presidenciales, a quienes la inevitable derrota no les hará perder el liderazgo grupal ni la posibilidad de estender luego ese liderazgo a otros sectores dela población.

Pero es la mayor parte de los argentinos -que se dividen entre quienes quieren más de lo mismo y los que aspiran al cambio– la que definirá a la Argentina de los años próximos. Más allá del nuevo período presidencial

Los dos candidatos que aparecen con posibilidad de conducir ese período representan dos modelos distintos de organización social y ejercicio del poder.

– El modelo oficialista.  Sus defensores prefieren la ejecutividad a la ortodoxia institucional. Consideran que el triunfo en las urnas otorga un poder irrestricto. No conceden importancia a las disidencias. Sienten que la oposición obedece a criterios corporativos. Creen que la confrontación es indispensable. Atribuyen las denuncias sobre corrupción a un complot desestabilizador. Creen que la justicia no debe  ponerle obstáculos al Ejecutivo. Prefieren potenciar el consumo a combatir la inflación y contener el déficit. Aseguran que los subsidios reducen la pobreza. Reivindican la intervención directa del Estado en la economía. En el orden internacional, se identifican con gobiernos contestatarios.

El modelo alternativo.  Sus promotores creen que la ejecutividad, fuera del marco institucional, es perecedera. Auspician el diálogo y buscan consensos para sustentar políticas públicas. Proponen conciliar intereses y dirimir con equidad los inconciliables. No creen que la moral pública y la eficacia sean incompatibles. Valoran la independencia judicial. Sostienen que la clase media y los pobres son las principales víctimas de la inflación. Afirman que la pobreza se combate con educación y empleo. Prefieren un Estado regulador a un Estado empresario. Creen que, antes que a la solidaridad ideológica, la política internacional debe orientarse a la defensa incondiconal de los intereses nacionales.

En los partidarios de uno y otro modelo hay, por supuesto, diferencias internas. No existe, ni en el oficialista ni en el alternativo, un pensamiento único sobre cada una de las políticas a seguir en distintas materias. Lo que debemos evaluar es cuál de esos dos modelos crea un ambiente más propicio para convivencia y la solución de los problemas que afectan, verticalmente, a toda la sociedad.  En definitiva, cuál de los dos favorecería más la prosperidad y la armonía sociales.

La democracia exige que se haga la voluntad de la mayoría. O, en casos como el actual, la de la primera minoría. Si el domingo esa primera minoría alcanza el triunfo definitivo, el modelo oficialista se prolongará hasta el 2019.

La fragmentación de “los indignados” puede volverlos impotentes. No se puede cambiar el curso de un barco gritando en la cubierta. Sólo se puede hacerlo si uno tiene el timón.

Es por eso que, como en pocas ocasiones, antes que elegir, los ciudadanos deben optar. No entre dos personas. Entre dos futuros.