Gobernabilidad

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Gobernabilidad: no depende de quién gane

   |   por Rodolfo Terragno, periodista e historiador

 

 

|   No es una exclusividad argentina. Las campañas electorales fuerzan a que los contendientes exageren sus diferencias. Algunos suelen llegar al extremo de mostrarse como mecenas y pintar a sus rivales como demonios.

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Rodolfo Terragno (Foto La Nación.com)


El electorado es puesto, más de una vez, ante una disyuntiva: el candidato A le dice que, si vota al candidato B, todo se vendrá abajo. Por ejemplo, que el país se volverá ingobernable.
Es eso lo que ocurre en la actual campaña presidencial. Se discute si la gobernabilidad depende de quien se consagre, dentro de dos domingos, como nuevo Jefe del Estado.
¿Qué debe entenderse por gobernabilidad?


A juicio de la fuerza que hoy gobierna, el país es gobernable cuando hay un líder (o partido político) que concentra el poder suficiente para tomar y ejecutar decisiones sin que nadie pueda contradecirlas.
Esa clase de gobernabilidad no va a existir en el próximo período. No importa quién gane.


Hay otra. Es la de quienes consideran que, para ser gobernable, el país necesita un sector público que interactúe con las distintas capas sociales, procurando consensos que den estabilidad y firmeza a las decisiones.


En las actuales circunstancias, esto es lo que deberá promover el próximo Presidente. Sea quien sea. En el período que se iniciará el 10 de diciembre, la hegemonía será imposible y el consenso indispensable.
Supongamos que el elegido sea Daniel Scioli. El actual Gobernador de la Provincia de Buenos Aires se encontrará, al llegar a la Casa Rosada, frente al siguiente cuadro:


1. Así no se fisure y sus bloques parlamentarios no se desarticulen, el peronismo no podrá sancionar leyes de su cuño. Es cierto que tendrá la primera minoría en la Cámara de Diputados, pero los otros bloques le impedirán crear leyes sin consenso. Y en todo caso, la mayoría propia en el Senado no le alcanzará para lograr la doble aprobación.


2. 75% de la población del país vive en distritos que estarán gobernados por fuerzas ajenas al gobierno nacional: Provincia de Buenos Aires, Ciudad de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, Mendoza, Jujuy, Corrientes, Neuquén, Río Negro y Chubut.


3. Si el kirchnerismo quiere seguir liderando el peronismo, habrá una interna con el naciente sciolismo: el poder tiene un imán que atrae a antiguos adversarios. Estarán en juego: la pugna por el control del Partido Justicialista, el liderazgo de la oposición y el posicionamiento con vistas al 2019.


4. Si bien la mayoría de los sindicatos es peronista, hoy son pocos los que proclaman “lealtad” al actual oficialismo, y ninguno va a acallar demandas para sustentar al heredero.


5. El Poder Judicial recuperará plena independencia.


6. Las acciones judiciales por la presunta corrupción del período 2003-2015 pondrán en una posición difícil al nuevo gobierno.


Quienes apoyan a Scioli confían en su habilidad, que contrariando los prejuicios de muchos, le ha permitido abrir en soledad su propio camino a la candidatura presidencial. Eso puede servirle para diversas cosas, pero no para emular el poder cuasi absoluto que tuvieron Néstor Kirchner y su esposa.
Supongamos ahora que el Presidente es Mauricio Macri. Tendrá, en el Congreso, los mismos problemas que le habrían esperado a Scioli. Deberá, además, preservar la unidad de Cambiemos y ampliar su base. Por último, tendrá en el peronismo –sobre todo si éste no se fractura— una oposición considerable.
Quienes apoyan a Macri aseguran que a él nada de esto le asusta. Recuerdan que ha administrado eficazmente la Ciudad de Buenos Aires, sin parálisis económica ni conflictos sindicales, a pesar de tener al gobierno nacional en contra y un conurbano hostil. Le atribuyen, además una genuina vocación por el diálogo. 
Más allá de su capacidad política y de su gestión, los más fuertes dolores de cabeza del próximo Presidente provendrán de la economía.
La Argentina tiene la sexta tasa de inflación más alta del mundo, superada sólo por Venezuela, Sudán del Sur, Bielorrusia y Sudán del Norte.
El déficit fiscal, que ya ha alcanzado los 195 millones de pesos cada 24 horas, no se podrá resolver sin emisión de moneda (que elevaría aún más la inflación), reducción del gasto público (que provocaría reacciones sociales) o deuda (difícil de conseguir u obtenible a tasas usurarias).


En cuanto al valor del peso, no se podrá detener la devaluación progresiva que ha venido realizando el actual gobierno. En efecto, desde que la Presidenta asumió su segundo mandato (2011) el dólar aumentó 123%. Si se lo calcula por el blue, 270%. El 10 de diciembre de 2011 el dólar comprador valía 4,16 y el vendedor 4,30.


Con el menor ingreso de divisas, una de cuyas causas es la caída del precio de la soja (511 dólares la tonelada en 2011; 322 ahora), y sin crédito externo, el comercio exterior podría estrangularse.
Para resolver esto convendrá institucionalizar el diálogo político y constituir un consejo económico social.
Será necesario, además, que nadie adopte posiciones dogmáticas o intransigentes.
El manejo ideológico de la economía la haría estallar. 
Tanto el estatismo como el neoliberalismo son explosivos.
Cada problema y circunstancia requiere un tratamiento distinto. No hay una panacea para curar todos los males económicos.


Cuando hay una insuficiente inversión privada, que provoca recesión y desempleo, el Estado debe intervenir en la economía, invirtiendo e inyectando recursos al mercado.


Cuando hay inflación, caída de las exportaciones y déficit fiscal, debe constreñir el circulante y transferir costos y necesidades de inversión al sector privado.


No se puede ser keynesiano o monetarista siempre, cualquiera sea la enfermedad económica que afecte a la sociedad. Diálogo, flexibilidad y consenso: eso es lo único que hará gobernable (y exitosa) a la Argentina inmediata.

Rodolfo Terragno, periodista e historiador


 

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